[pt] Lusitania en moto.

Numa casa portuguesa fica bem
Pão e vinho sobre a mesa
E se à porta humildemente bate alguém
Senta-se à mesa co'a gente
Fica bem esta franqueza, fica bem
Que o povo nunca desmente
A alegria da pobreza
Está nesta grande riqueza
De dar, e ficar contente...

Resuenan los ecos melodiosos del fado como reminiscencias del viaje por tierras portuguesas.
De norte a sur…

...Desde ayamonte hasta faro
Se oye este fado por las tabernas...

Así comienza un viaje por Portugal, cuyos primeros pasos tras pernoctar en las inmediaciones de los restos de la antiquísima “mansio” de Aquis Querquennis, fueron perdiendo la señal española del móvil por los montes por los que trascurre hacia/desde Galicia la Via Nova, la vetusta vía romana que unía las poblaciones de Braga (Bracara Augusta) y Astorga (Asturica Augusta).

Recorro los primeros kilómetros en dirección a Pinhão. Se suceden las curvas entre laderas jalonadas de vides de cuyo fruto se extrae el nectar que abraza los corazones cristianos. Un descenso en el que establecemos contacto visual con la cartelería de las grandes bodegas viticultoras de la región. Nos indican que aquí comienza la produción del generoso (y fortalecido por el brandy) vino de Oporto.

La mejor carretera del mundo... ¿seguro?

Es la pregunta que me hago desde el momento que dejo atrás Pinhão por la carretera N-222. Grandes expertos tras complicados algoritmos llegan a la conclusión de que esta por la que voy es la carretera más perfecta para conducir. Pero quien soy yo para contradecir tanto a un físico cuántico como a un constructor de montañas rusas, ni a la compañia de alquiler de vehículos que lo ha aplicado. Llego a Peso Da Régua, me paro a aligerar líquidos y también conceptos… curvas, aceleración, frenada, entorno paisajístico y velocidad forman parte de las matemáticas que nos han traído hasta aquí pero no he visto por ningún lugar. No dudo de sus aptitudes profesionales, pero no perdería el tiempo “conduciendo” por esta carretera.

Continúo hacia Oporto.

Um São José de azulejo
Mais o sol da primavera,
Uma promessa de beijos
Dois braços à minha espera
É uma casa portuguesa, com certeza!...

Segunda ciudad en importancia del país, es conocida por el carácter trabajador hasta el punto que un dicho portugues dice que “Lisboa se luce, Oporto trabaja, Coimbra estudia y Braga reza”.Sus pequeñas e intrincadas callejuelas ponen en jaque nuestros músculos mientras hacemos frente al desnivel en cada escalón. No es buena idea afrontarlo cargando con la equipación de la moto y este calor, por lo que una buena idea es aparcar la moto en el aparcamiento Duque de Loulé (vigilado y gratuito para motocicletas) de rua Arnaldo Gama, como fué mi elección para disfrutar de la ciudad y comenzar mis pasos por el colorido Bairro da Ribeira, con sus fachadas mirando al Douro. Aunque para disfrutarla en todo su conjunto, lo mejor es cruzar por la parte inferior del Ponte Luiz hacia Vila Nova de Gaia. Y ya de paso, aprovechar que en esta ribera es donde se encuentran las bodegas y descansan los “rabelos¨ (características embarcaciones de madera que antaño sirvieran como transporte de los toneles de vino a lo largo del río Duero) amarrados a lo largo del muelle.

A la vuelta bien podemos salvar el desnivel mediante el funicular Dos Guindais (a los pies del Ponte Luiz) de camino al Barrio de la Sé, cuna de la ciudad, coronada por la catedral. Perderse por sus calles hasta la estación ferroviaria de São Bento, acceder y maravillarse con la “sala de los pasos perdidos” (un resumen de la historia del país dispuesta sobre 20.000 azulejos).

Si en algún momento el hambre aprieta, siempre podemos compensar lo gastado en cada escalón degustando una contundente y calórica “francesinha” (emparedado relleno de una variedad de carnes, queso y una salsa picante), o una croqueta de bacalao con queso a la sombra de la Torre dos Clérigos, entre las muchas propuestas de calidad gastronómica que nos ofrece el país luso.

Los más “frikis” de la lectura (o del cine) pueden acercarse a la Librería Lello (fundada en 1869), eso si, como otros cientos de turistas que, atraídos por el eco de que la autora de Harry Potter se inspiró en ella durante la temporada que vivió en Oporto, acceden a su preciosista interior de madera y encuadernaciones, en busca de un recuerdo fotográfico que incluya la destacada escalera bajo la luz filtrada por una enorme vidriera que nos recuerda una vez más que esta es una ciudad dedicada al trabajo, “decus in labore”.

La ciudad da para mucho y más… no obstante, nuestra crónica pone rumbo al sur hacia Aveiro.

Em cada esquina, um amigo
Em cada rosto, igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade...

Todo país, que del turismo quiere vivir, ha de disponer de una “Venecia” local (si sois habituales del blog recordaréis que he hecho esta analogía en las crónicas de otros países).

Para los lusos esa es Aveiro. Lo que hoy nos encontramos son reminiscencias del floreciente mercado y producción de sal marina. Sal que era transportada de la ría al centro de la villa sobre los moliçeiros, embarcaciones que recuerdan de alguna manera a las góndolas italianas. No obstante, no esperes una intrincada red de canales al estilo de “la Serenissima”. Ese es el camino más rápido para llevarse una decepción. Aún así, tiene su encanto el lugar; así pues, desde la rua João Mendonça y un buen encuadre, puedes capturar esa postal que compartir en las redes sociales.

Coimbra é uma lição
De sonho e tradição
O lente é uma canção
E a lua a faculdade...

...A fonte dos amores és tu

Aún más al sur llegamos a Coimbra. La que fuera la primera capital del Reino de Portugal y cuna de una de las universidades más antiguas del viejo continente (se data su origen en la Lisboa de 1290, pero no sería hasta 1537 cuando se instalase en Coimbra). Bajo el Arco de la Torre de Almedina, última puerta medieval de la villa, accedemos (a pie) al barrio alto, de origen árabe. Otra opción es bajar por las estrechas callejuelas de cantos rodados después de visitar la fortaleza de la sabiduría que es la Universidade Velha y su espectacular Biblioteca Joanina. En cualquier caso, nuestros pasos nos llevan a la primera catedral del reino luso, la Sé Velha; construida entre 1140 y 1175, cuando la frontera con el mundo musulman no distaba mucho de su puerta, de ahí que nos encontremos con una estructura maciza y fortificada.

La siguiente población que nos acoge dió abrigo temporal en el pasado tanto a judíos expulsados por orden de los Reyes Católicos de Aragón y Castilla (recordemos que España no existía como entidad nacional) en la que se conoce por Diáspora Sefardí, pues también aquí se vieron obligados a convertirse al cristianismo o a abandonar estas tierras… y mucho antes acogería a la Orden de los caballeros de Cristo, la transformación de la Orden del Temple, que se asentaría en territorio luso para beneficio mutuo con la monarquía portuguesa tras su persecución mortal por tierras europeas; hasta el punto que el Gran Maestre era nombrado por la corona portuguesa. Tomar era la gran fortaleza y sede de la nueva Orden de monjes guerreros.

Construida en 1160, desde su origen ha sufrido importantes modificaciones; como la Ventana del Cabildo (1513), de estilo manuelino, que acumula símbolos de los grandes descubrimientos portugueses. Te llegas a imaginar a los templarios celebrando misa sobre sus monturas de guerra.

Aqui
Onde a terra se acaba
e o mar começa

En ocasiones tanto quieres avanzar (grandes rectas al sur del Tajo, que separan enormes extensiones de labranza, no preparadas para el tráfico pesado que por ellas circula), tanto quieres aprovechar el tiempo y las horas de luz (rectas que de improviso hacen un giro de 45º), que irremediablemente la noche se te echa encima mientras evitas por carreteras secundarias las vías rápidas y los peajes. Es entonces, con la ausencia de referencias visuales ocultas por la oscuridad, que se hace más complicado localizar dónde pasar la noche… tras descartar algún camping, termino alojándome en un B&B reparador. Como bien sabéis los que seguís estas crónicas desde los inicios, la situación suele llevarme a intercalar una cama cada ciertos días de acampada. Tras disfrutar de un buen desayuno acompañado por la conversación de la propietaria, que bien pudiera formar parte de la melancólica literatura de una canción de fado, pongo rumbo camino al Cabo da Roca (“promontorium magnun” para los romanos), punto más occidental del continente europeo.

Salir a ver el mundo
y no pasar por Sintra,
es ir ciego.

Por el camino nos encontramos Sintra, la Vila Velha. Residencia vacacional de la monarquía portuguesa. Sus monumentos y palacios se funden con la naturaleza como si de un lienzo se tratase.

Las cúpulas y el colorido de El Palacio da Pena, el Castelo dos Mouros, la romántica y enigmática Quinta da Regaleira,… son inmortalizados por millares de turismas cada día en temporada alta.

Lisboa, velha cidade,
Cheia de encanto e beleza!
Sempre a sorrir tão formosa,
E no vestir sempre airosa.
O branco véu da saudade
Cobre o teu rosto linda princesa!

Al igual que en la antigua Roma, Lisboa se funda sobre siete colinas (São Vicente, Santa Catarina, São Jorge, São Roque, Santo André, Chagas y Sant´Ana) en tiempos en que se la conoce por Olissipo, bajo el ferreo control de la ciudad capital de Emerita Augusta (la actual Mérida española), por ser de esta un importante enclave de entrada/salida por mar. Prosperó gracias a constituirse como importante nudo de comunicaciones de la capital con las provincias romanas el norte de Europa.

El actual trazado lisboeta debe mucho de la intervención del Marqués de Pombal tras los terribles hechos acaecidos tras la destrucción del terremoto y tsunami de 1755. Si bien en el barrio de Alfama (fuente caliente) sobrevive la vieja esencia de la Lisboa preseísmo.

Una buena y recomendable forma de disfrutar de la capital lusa es la de dejar la moto aparcada por unos días y recorrerla desde bien temprano tanto a pie como a bordo en los pintorescos tranvías (el “eléctrico 28” recorre los lugares con más encanto). Siempre llenos, es conveniente madrugar para disfrutar de la experiencia a horas en las que no vaya atestado de turistas (momento que es también aprovechado por amigos de lo ajeno, según te recuerdan constantemente las autoridades).

Así pues, tenemos a tiro el Chiado (barrio más céntrico y cultural) y emular al poeta Fernando Pessoa viendo como pasa el mundo desde la terraza del Café A Brasileira; o bien acceder al Bairro Alto por medio del Elevador de Santa Justa (construido por un discipulo de Eiffel en 1901); o mediante el Elevador da Bica acceder al Mirador del Santa Catalina…; circunvalar el perímetro de la y elegir entre el Mirador de Santa Luzía (con sus vistas al Tajo) o ponerle música a la puesta de sol en el animado Largo das portas do sol (que cuelga sobre los tejados de Graça); previo acceso al Castelo de São Jorge, que protege la ciudad desde lo alto;…

Volver hacia el Rossio, tomarse un “tónico reparador” en “Ginjinha sem rival Eduardino” a base de guindas; plantarte frente a la fachada de la estación ferroviaria con sus arcos de su entrada en herradura; bajar hasta la Plaza do Comercio (donde se encontraba el palacio real antes del sismo), tocar las aguas del Tajo en las escaleras de Cais das Colunas y unirse al selfie colectivo del turismo; cenar en alguno de los restaurantes próximos a la (construida en el s.XII poco después de que los cruzados reconquistaran la ciudad) con pausas para disfrutar de las voces locales que se turnan para entonar fado o en alguna “cuzinha” portuguesa menos turística por el Barrio Alto; y, si la lectura es tu pasión, seguro que querrás acercarte a la Livraria Simao (probablemente la más pequeña del mundo).

Para el último día reservo el Barrio de Belém. Primera parada (y madrugadora para evitar colas) la Antiga Confeitaria de Belem, donde elaboran desde 1837 bajo riguroso secreto, los originales Pasteis de Belem. Otros imprescindibles del barrio serían el Monasterio de los Jerónimos (construido en homenaje al retorno de Vasco de Gama), la Torre de Belém, baluarte último desde el que soltaban amarras las naves que iniciaban sus periplos oceánicos; y el Monumento a los descubrimientos, que conmemora los 500 años de la muerte del Infante Don Enrique (promotor de los descubrimientos).

Por último, toca atravesar la enorme lengua de agua al sur de Lisboa. Para ello bien podría atravesarla por el Puente 25 de abril, el Golden Gate con acento portugués (dedicado en origen al dictador portugués Salazar y más tarde rebautizado para celebrar la revolución de los claveles que acabó con su dictadura en 1974), pero me decanto por una opción más lenta pero diferente, en barco… y de ahí, a pocos minutos, al Cristo Rei (réplica del Corcovado de Rio de Janeiro y erigido para agradecer que Portugal quedara libre de daño durante la segunda guerra mundial).

Se um dia alguém perguntar por mim, diz que vivi para te amar.
Antes de ti, só existi cansado e sem nada para dar...

Finalmente, me pongo como objetivo acercarme al extremo suroccidental del Algarve, al Cabo de San Vicente… para continuar la circunvalación del estado luso por la preciosa y antigua Tavira, en pleno corazón del Parque Natural de la Ría Formosa,… una población que se disfruta caminando por sus calles; dando cuenta de un helado en la animada Praça da República, bajo la sombra de las murallas del Castelo, de factura árabe; alguna de las inmumerables iglesias (algo por lo que también es conocida la ciudad); cruzar el puente romano que salva los ríos Gilao y Sequa (cauce con dos nombres según la leyenda local sobre el fatal destino de dos enamorados, uno un caballero cristiano y ella doncella mora);…

… antes de poner rumbo al norte por carreteras secundarias del interior de Portugal, de vuelta a casa… pero esa, será otra historia.

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